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viernes, 2 de diciembre de 2011

Francesca Woodman; El Dolor de la Piel Desnuda.




Desde el 8 de septiembre hasta el 24 de octubre en la madrileña galería La Fabrica
(Alameda 9, Madrid) podemos ver una selección de 15 fotografías de Francesca Woodman.


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Mi vida en este punto es como un sedimento muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones… en vez de ir borrando atropelladamente todas estas cosas delicadas…”.





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Nació en Denver, Colorado un 3 de Abril de 1958 y murió al saltar por una ventana del Lower East Side de Manhattan el 19 de Enero de 1981 con apenas 23 años de edad.

Su padre era fotógrafo y su madre una reconocida ceramista.

Fue una niña americana en la Toscana, rodeada de amigos artistas de sus padres, y mucho más tarde una adolescente becada en Roma. E más que probable que su gusto por los escenarios bucólicos, añejos y decadentes le lleguen de esta etapa de su vida en Italia.

Empezó a hacer fotografías a los 13 años, en blanco y negro, de pequeño formato y casi siempre con ella misma como protagonista. Imaginaba libros para aquellas imágenes que pegaba en sus cuadernos y diarios. La naturaleza (ramas, bosques, pájaros...) y las casas (paredes, muros, ventanas...) jugaban un papel fundamental en la composición, había algo siniestro en aquella densidad simbólica, historias llenas de melancolía y tristeza con ella como único centro de todo.

Entre los años 1975 y 1979 fue estudiante de la Rhode Island School of Design en Provedence, y fue aceptada en el Programa de Honores que le permitía vivir durante un año en las instalaciones de la escuela enPalazzo Cenci en Roma. Allí se identificó con el surrealismo y el futurismo, que desde entonces ganaron presencia en sus fotografías, así como la decadencia, representada en las paredes desnudas y los objetos antiguos que también comenzaron a poblar sus trabajos

Francesa se suicidó cinco días antes de que su padre, George Woodman, inaugurara en el Guggenheim de Nueva York una importante exposición colectiva. La sombra de la hija no ha abandonado a los padres, que desde su muerte se han dedicado al legado de una artista que pese a su corta edad es para muchos clave en la modernidad crepuscular del siglo XX.

El arte era una religión para ella y su familia. Y quizá es ahí donde surge el problema". Para Scott Willis el arte no mató a Francesca Woodman sino que la sujetó a la vida, pero fue cuando empezó su crisis creativa y empezó a mermar su capacidad de trabajo (directamente relacionadas ambas con sus crisis emocionales) cuando la artista entró en el profundo desequilibro que acabó con su vida. "Fue enormemente prolífica de niña, pero sus problemas psicológicos le empezaron a robar espacio a su obra. Pese a lo que se dice, hay alegría en su trabajo porque era el arte lo que la mantenía viva".

La joven Woodman nunca llegó a ganarse la vida como fotógrafa. Su universo estaba hecho de estudios y crecimiento, artístico o personal, los desamores y las drogas le llevaron a un tremendo desequilibrio emocional que acabó con su vida un 18 de enero de 1981.



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