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viernes, 3 de diciembre de 2010

DE ODORIBUS COLORUM





Un silencio hondo, apenas rasgado por el paso de algún molesto insecto volador. Ni tan siquiera por el chasquido de la pluma al introducirse en el tintero, ni su postrero desliz sobre el pergamino.


Olores, esos aromas que se introducen dentro de uno y que no se marchan ni cuando uno pasa al sueño.


La piel curtida, el oro bruñido y el olor a yeso o arábiga; esencia penetrante de las tintas. Sin dificultad alguna adivinaría su coloración guiándome tan solo por su fragancia.


La tinta roja despeja cierto olor a humo o carbón y caparrosa, el bermellón destila un fuerte olor a mercurio y orina. El rojo dragón, tan dificultoso y extraño de conseguir huele siempre a sangre; Sangre de elefantes y dragones muertos en combate.


El azul difiere plenamente en aromas, pues este llega en fragancias minerales, quizás también en agua de pantanos, estancada.


El violeta a hierbas hielotropos y el ultramar “más allá de los mares” en inconfundible vapor a Lapislázuli.


El verde de Malaquita no huele a hierbas, ni praderas; sino profusas arenas del centro de la piedra.


El amarillo sol, tan inconfundible, nos trae el olor a flores de tierras llanas y también al inconfundible aroma de la flor de azafrán.


El blanco a albayalde, a la caucásica clara; a la límpida clara de huevo. Refrescante en el boceto, siempre se busca y siempre se halla.


Reina & Martell


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