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viernes, 3 de diciembre de 2010

DE ODORIBUS COLORUM





Un silencio hondo, apenas rasgado por el paso de algún molesto insecto volador. Ni tan siquiera por el chasquido de la pluma al introducirse en el tintero, ni su postrero desliz sobre el pergamino.


Olores, esos aromas que se introducen dentro de uno y que no se marchan ni cuando uno pasa al sueño.


La piel curtida, el oro bruñido y el olor a yeso o arábiga; esencia penetrante de las tintas. Sin dificultad alguna adivinaría su coloración guiándome tan solo por su fragancia.


La tinta roja despeja cierto olor a humo o carbón y caparrosa, el bermellón destila un fuerte olor a mercurio y orina. El rojo dragón, tan dificultoso y extraño de conseguir huele siempre a sangre; Sangre de elefantes y dragones muertos en combate.


El azul difiere plenamente en aromas, pues este llega en fragancias minerales, quizás también en agua de pantanos, estancada.


El violeta a hierbas hielotropos y el ultramar “más allá de los mares” en inconfundible vapor a Lapislázuli.


El verde de Malaquita no huele a hierbas, ni praderas; sino profusas arenas del centro de la piedra.


El amarillo sol, tan inconfundible, nos trae el olor a flores de tierras llanas y también al inconfundible aroma de la flor de azafrán.


El blanco a albayalde, a la caucásica clara; a la límpida clara de huevo. Refrescante en el boceto, siempre se busca y siempre se halla.


Reina & Martell


sábado, 20 de noviembre de 2010

La Mujer del Sillón Rojo de Cezanne



... Hoy cierra el Salón. Y como de allí iré por última vez a casa, todavía me gustaría buscar un violeta, un verde o ciertos tonos azules que me parece tendría que haber visto mejor, para no olvidarlos jamás. Aunque tantas veces me haya parado delante con inflexible atención, el gran complejo de colores de La Mujer del Sillón Rojo me cuesta memorizarlo, tanto como un número de muchas cifras. Y sin embargo me lo he grabado en la mollera, cifra por cifra. La consciencia de su existencia ha alcanzado una exaltación de mi sensibilidad, que la siento hasta en el sueño; mi sangre me la describe en mi interior, pero el decir pasa de lejos y no es reclamado. ¿Te había escrito ya sobre ella?.


Delante de una pared verde terrosa, en la que se repite con mesura un motivo azul cobalto (una cruz con el centro vacío) figura un sillón bajo, rojo, acolchado; el respaldo redondeado se inclina adelante hacia los brazos (que están cerrados como el trozo de manga de un manco). El brazo izquierdo y la borla que pende de éste, saturada de bermellón, ya no tienen como fondo la pared sino una ancha cenefa verde azul que proporciona a su contraste toda su resonancia. En este sillón rojo -ya él solo un personaje- está sentada una mujer, con las manos en el regazo de un amplio vestido de rayas verticales, muy ligeramente indicada por medio de pequeños toques dispersos de amarillo y de verde amarillo, hasta el borde de la chaqueta gris azul, cerrada por delante con un nudo de seda que juega con reflejos verdes. En la claridad del rostro, la proximidad de todos estos colores es aprovechada para un sencillo modelado; hasta el castaño de los cabellos en trenchas rematadas por un moño y el marrón plano de los ojos deben manifestarse contra su entorno.


Es como si cada punto supiera de los otros. Tanto participa; tanto actúan en él adaptación y repulsa; tanto cada punto se cuida a su modo del equilibrio, creándolo: como al fin de cuentas todo el cuadro mantiene la realidad de un equilibrio. Se dice que es un sillón rojo (el primer y definitivo sillón rojo de toda la pintura): pero lo es solamente porque en él se ha asociado una experimentada suma de colores que, como quiera que sea, lo refuerza y afirma en el rojo.


Para alcanzar el máximo de su poder expresivo, el sillón está pintado con gran vigor en torno al suave retrato, al extremo de producir la impresión de una capa de cera. Y no obstante, el color no pesa en demasía sobre el objeto: Este aparece tan perfectamente traducido a sus equivalentes pictóricos que, aun estando tan logradamente comunicado, su realidad burguesa pierde todo el peso en su existencia definitiva de imagen.


Cartas sobre Cezanne

R. M. Rilke

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