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miércoles, 3 de agosto de 2011

El Secreto de Picasso




“Todo lo que sé, lo he aprendido en Horta”

Picasso

Acabo de terminar de leer la novela El Secreto de Picasso de Francesc Miralles publicada por Umbriel. Me hice con ella en la estación de tren María Zambrano de Málaga con la esperanza de que me ocupara buena parte del verano su lectura. No ha sido así, la he devorado en apenas una semana. He de decir que las lecturas anoveladas las dejo solo para esta estación del año; donde se permite uno el relax y el espacio adecuado para ello.

Ni que decir tiene que su argumento me fascinó desde un principio; el acceso al carácter del joven Pablo Picasso, a una población que presenció sin ser consciente de ello la transformación artística del más grande pintor del siglo pasado y porqué no decir que la transformación pictórica más importante del siglo XX; más la misteriosa historia del cuadro perdido... Al igual que la historia de Matisse en Sevilla, que ya relatáramos en estas páginas. Tales hechos hacían más que sugestiva su lectura.

La novela es amena, capta y seduce junto a una historia paralela y actual del personaje de la misma; el periodista Leo Vidal. Pero… no es lo mío la critica literaria, lo mío son las historias, las historias hermosas que cambian las personas, las historias de personas hermosas valga la redundancia;  que han cambiado la vida de otros con su quehacer sigiloso. Este no es caso, pues de bien es sabido el carácter apasionado y porque no voluptuoso del protagonista de la historia; Pablo Picasso.
De todas maneras recomiendo el libro,  me arriesgo en recomendar algo tan reservado e intimo como la lectura de un libro.




LA HISTORIA:


En 1898 Pablo enferma de escarlatina en Madrid y en plena recuperación de la enfermedad se marchó al pueblo montañés Horta de Sant Joan, provincia de Tarragona. Tenía por entonces 15 años de edad.

La mayoría de los libros biográficos del pintor mencionan dicha estancia con un simple; “Allí Picasso se encontró así mismo”, por lo menos los que yo he consultado y que andan por aquí, por casa. Ridículo enunciado para tan importante espacio de tiempo, lugar donde el genio cambió literalmente su modo de expresión plástica. ¿Qué ocurrió en dicho lugar?

Picasso acudió a Horta invitado por su amigo Manuel Pallarés, su estancia en el pueblo le dejó una huella profunda e intensa. Tanto que volvió diez años después cargado de fama y dinero. Picasso tuvo una aventura extraña en una cueva del lugar, algo parecido a una experiencia mística. Según se cuenta dicha experiencia fue plasmada en un lienzo en esa segunda visita y lo ofreció como regalo a quien le había ofrecido hospitalidad; Tobías Membrado. La pieza nunca vió la luz ni fue exhibida públicamente. Hoy es pura leyenda.

La historia dice que Picasso y Pallarés recorrían los alrededores juntos, visitando el monasterio de San Salvador, al pié de la montaña de Santa Bárbara. A medio camino existe una cueva donde ambos pernoctaron varios días; quizás motivados por la inspiración que les produjera el viejo maestro Cezanne y sus dibujos sobre la montaña de Santa Victoria, más los escritos del poeta de moda David Tohureau.

Con el afán de emulación y revivir episodios descritos en las biografías, tanto del impresionista como del escritor se tradujo todo ello en una larga estancia en otra cueva de Els Ports.

El hermano pequeño de Manuel Pallarés le ayudaba alcanzándoles con provisiones, pinturas y lienzos cargados sobre una mula.

Se instalaron en la cueva como pudieron durmiendo sobre camas de espliego y paja. Se lavaban en el río y por la noche encendían la hoguera donde cocinar arroz.

Según cuenta el biógrafo Henry Gidel;

Picasso recordaba que, como sólo los podía ver algún cazador furtivo perdido, se volvieron salvajes. Embadurnaban de pintura la cueva, se quitaron la ropa y se quedaron desnudos. Por la noche dormían en un enorme lecho de heno recién cortado; se lavaban bajo una cascada”.

“Fruto de la estancia en los Ports, pintaría Picasso un cuadro desaparecido, con el título de Idilio, representando “a una pareja de jóvenes pastores como perdidos en un inmenso paisaje montañoso, una especie de Edén para unos Adán y Eva modernos”.



A la vez otro hecho relatado por Norman Mailer y recogido de las biografías que sobre el artista escribieron John Richardson y Patrick O’Brian, marcaría para siempre la obra de Picasso. Se trata de una autopsia que se lleva a cabo en Orta a una anciana y su nieta, muertas por el efecto de un rayo.


“La autopsia se realizó en el cobertizo del enterrador con un farol por toda luz. En este escenario gótico el vigilante nocturno hizo un corte con su sierra desde la parte superior de la cabeza de la joven hasta el cuello para dejar el cerebro al descubierto”. Picasso se mareó y tuvo que salir del cobertizo. O’Brian llegó a la conclusión “de que una disección tan brutal, la separación de la cara en dos partes, tuvo un efecto tan profundo en Picasso que a lo largo de los años pintaría innumerables variaciones sobre el tema”.


Picasso vuelve, convertido en un joven moreno y sano, a la casa familiar de Barcelona, en la calle de la Merced número 3. Frecuenta Els Cuatre Gats, marcha a París, torna a Barcelona, y de nuevo a París, donde conoce a Fernande Olivier, su primera compañera. Y con ella, once años después, en 1909, vuelve a Orta.
Al parecer, y aún en plena primavera, llovía en París;


“De pronto surgen en la memoria de Picasso los paisajes soleados de Horta de Sant Joan y el espectáculo del pueblo mismo, aplastado por el calor. Su imaginación le lleva incluso a oler los aromas embriagadores de la flora mediterránea…
y el canto de las cigarras, y el azul cruel de un cielo sin nubes”.


Hacen escala en Barcelona para visitar a los amigos y a la familia y, de nuevo, Manuel Pallarès prepara la estancia de la pareja en Horta, pidiéndole a su cuñado, alcalde del pueblo, que les buscara una estancia agradable. Y hacia allí se dirigieron el día 5 de junio de 1909.
La segunda estancia fue, digamos, distinta. Ya no era el joven de once años antes y su amigo Pallarès no estaba.



“El tonto del pueblo –dice Henry Gidel- se enamoró de Fernande y, aunque Pablo, cuyos celos eran enfermizos, no tuviera mucho que temer de él, esta situación le ponía de mal humor. Además, los habitantes del pueblo se habían enterado, Dios sabe cómo, de que la pareja no estaba casada y, por lo tanto, vivía en pecado… Una noche algunas piedras golpearon los cristales de su habitación. Pablo, que se llevaba a todas partes la pistola, salió hecho una furia, esgrimiendo el arma y disparando algunos tiros, lo cual restableció al instante su prestigio”.



Parece ser que este hecho, y la costumbre de sacar del bolsillo un gran fajo de dinero para pagar cualquier cosa, impresionaron a la gente de Horta.

A pesar de los pequeños contratiempos, Picasso volvió feliz de Orta y muy satisfecho del trabajo realizado, pues significaba la superación de las etapas “azul” y “rosa” y el comienzo del cubismo…


Esta es la historia, impresiona; ¿Verdad?






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