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sábado, 17 de marzo de 2012

Claude Monet, Discípulo de Nadie






Nadie habrá llevado una existencia más bella que Claude Monet, pues él ha encarnado el arte en su propia carne y no vive más que en él y por él, con una vida de trabajo incesante y rudo.

Admirable y curiosa locura que es la sabiduría suprema, pues él habrá conocido alegrías supremas que muy pocos conocen. París con su fiebre, sus prisas, sus vanas intrigas, no podía convenirle a un contemplador obstinado, aun apasionado de la vida y de las cosas, como es M. Claude Monet.

Vive en el campo en un soberbio paisaje en constante compañía de sus modelos, y el aire libre es su taller.







Ninguno está más adornado de sus riquezas que aquél. se le puede ver ya instalado a partir del alba, tanto si nieva, como si hace viento, como si el sol asciende sobre la tierra en una capa de fuego, buscando nuevos horizontes, impaciente por descubrir algo mejor, por ver un dibujo que no haya visto aún, un tono que aún no haya captado.


Hoy a vuelto a las figuras. Y de la misma manera que inventó para la vida de las cosas una poesía nueva, descubrió para la vida de los seres, un arte que no se había inventado todavía hasta ahora.


Mientras espera, ignora que existe un Salón y unas Academias, que se condecoran artistas, y prosigue lejos de camarillas y de intrigas, la más bella y más considerable entre las obras de este tiempo.




De un artículo de la época
Octave Mirbeau
Edicción José J. de Olañeta
para la colección "Centellas"

 


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