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domingo, 28 de agosto de 2011

El Beso





“Cuando pinto, uno de mis mayores sentimientos de placer 
es la conciencia de que estoy creando oro”

Gustav Klimt


De porque suceden las cosas… ha muerto mi amor, el amor de mi vida. El hombre que me condujo con su mano de oso a la seducción y a la pasión.

Han pasado muchos años, apenas quedan signos en mi cuerpo de tanta efusión y entusiasmo; del paso por mi vida del hombre al que me entregara arrodillada en cuerpo y espíritu, tal como se origina en la pintura. 
Yo le amaba más que mi vida… era una niña de apenas doce años cuando le conocí, él era por entonces mi profesor de pintura y yo…la pequeña Danae como a él gustaba en nombrarme.

Y ahora en el lecho de su muerte menciona mi nombre… Emilie. ¡Cuanto has tardado en recordarme! Ahora que no queda nada, ahora que no estoy, ahora que tan solo me queda un buen puñado de recuerdos.

Me queda la complacencia de saber que todo cuanto floreció no se perdió en la nada o en el olvido. Se quedará allí en Hietzing, contigo, enterradas nuestras nostalgias y esperanzas. Más comenzábamos a vivir tanto...amor.

Los paseos por los bosques de Kammer, nuestro pequeño embarcadero en el lago Atter.

Me llevo tu beso, el beso entregado de alguien que me hizo mujer, que me amó como nadie pudiera amarme sobre esta tierra. Me llevo los vestidos, las modas y telares. Me llevo París, Venecia, Ravena y me llevo a ti, que te conocí como nadie pudo hacerlo en el mundo; mi señor Klimt.

Me dejas muchos instantes amor, me dejas tu boca, tus abrazos, tu piel velluda. Ahora que te marchas, definitivamente de mí; aunque algo me dice que ya lo hiciste antes. ¿Por qué no me llamaste amor?  Me lo comentaron quienes vieran tu friso, como a ti te gustaba de llamar los dibujos, sobre la Muerte y la Vida.

Te vas amor mío y nada más nombrarme como último suspiro perdono tus desmanes y tus amoríos. Fue un tiempo muy feliz, un tiempo de dicha y diversiones donde jugábamos a conquistar el mundo y el panteón de los dioses.

Te digo adiós con toda mi alma desde la lejanía más emocional y física posible. Ahora que otro hombre, muchos hombres... han compartido mi lecho.

Fuiste bueno, un hombre que luchaba como la fiera en el bosque, un dulce salvaje que amaba con la intensidad de los relámpagos y las tormentas. Un hombre que me elevara a las colinas y a los confines del oro; como a ti te gustaba en llamar.

Esa fascinación tuya por lo refulgente, por lo exageradamente sensual, esa manera de percibir el espíritu. La belleza impúdicamente manifestada, la belleza de la feminidad como diosa de los viejos altares. Sagrarios de conquista, sensualidades y miradas.

Nuestro viejo Renoir te esperará, el pequeño Egon Schiele rezará por ti. Y yo me quedaré con el beso, ese último beso que quedará flotando inconcluso. Ese beso de despedida que nunca me diste. 


Me quedaré también con todos los besos que no compartiste conmigo, con mi primer beso siendo niña, con ese beso sobre las aguas del lago Atter, con ese beso en Venecia o en París frente a esa destartalada masa de hierro. 


Y me quedaré con el beso del cuadro, donde me caía y no quería hacerlo. Donde me sujetabas para no perderme, donde yo me entregaba a sabiendas que sería mi beso; el último beso de mi vida aún cuando todo era caída y desencanto.


Emile Flogë
Carta Imaginaria


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