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domingo, 7 de noviembre de 2010

Antonio Blay, Recordando a un Maestro



“La realización es descubrir lo que soy detrás de lo que he puesto encima.
Es un descubrimiento no una adquisición”



Nunca llegué a conocer personalmente a Antonio Blay, sin embargo pienso que ha sido el pensador más influyente a lo largo de mi vida; digamos que sus cursos, su voz, su palabra, su sentido del humor, su presencia a través del discurso verbal me salvaron literalmente del caos y el desconcierto espiritual.



Sería el año de 1986 cuando me llegó información por diferentes canales de la existencia del maestro, siempre de manera directa de personas que habían sido alumnos suyo durante muchos años; advierto que a él jamás le agradó el seudónimo de maestro. Repito llegaba el nombre de Blay al sur de todas partes, y yo me decía: ¿Cómo no habré oído hablar antes de este hombre?.
El sur era por entonces una despoblada y marginal parcela de lo que ocurría en materia psicológica y espiritual por occidente. Nos llegaban a cuenta gotas pesquisas y libros de las nuevas corrientes que avanzaban en el mundo.



Mezclábamos el esoterismo con el paganismo, la religión con el pensamiento, el arte contemporáneo y fresco con el impresionismo. Buenos tiempos para caminantes, donde cada descubrimiento parecía el colmen del enigma de la existencia, el descubrimiento definitivo que nos otorgaría el nirvana o la fuente de la eterna juventud.



Cuando a uno le llega la voz de Blay, uno se da cuenta de su autenticidad, de la inmediatez sincera, del compromiso, de la verdad sin tapujos ni adornos. Con Blay no hay escondite que valga. Blay habla de realidad, de aquí y ahora, de centramiento, de procesos energéticos, emocionales o mentales. Aún mismo tiempo que nos eleva al infinito, que nos tira de la risa, que nos hace resbalar una lágrima de emoción. Blay es un referente, y no hace falta que nadie lo atestigüe, es auténtico, de carne y hueso.



Trabajaba en un restaurante llamado Rayuela, cuyo nombre atendía en cierto cumplido o distinción con el escritor Julio Cortazar. Un amigo del mismo me hizo llegar seis cintas de casetes de noventa minutos sobre un curso llamado Psicología de la Autorrealización. Gracias a dichas cintas descubrí el mundo de Blay. Su voz se convirtió en mi mejor amigo, me acompañaba a todas horas; en la cocina del restaurante, en la ducha, en el coche, en la cama…


Luego más tarde me acompañaría siempre en largos trayectos de coche y llegué a pensar que toda sabiduría, todo el conocimiento se condensaba en esas seis cintas de casetes. Cuan sería mi sorpresa cuando mi amigo amplió la colección en seis más. ¿Qué más podía añadir Blay a la vida, a mi vida? Si la totalidad del mundo estaba contenida en esas seis cintas.



Como cuando uno descubre un tesoro, un lugar prohibido y oculto. Esa era la sensación exaltada que colmaba mi alma al completar la totalidad del curso.



Años más tarde fue impreso en una excelente edición de la editorial Indigo. Al principio me interesó el descubrir quien fue Blay, que pasos había seguido, por donde había pasado, gracias a su influencia me llegaron los Mahrashi, Gurdjieff, Oupensky, Durkheim…



Me interesé por los yogas, por toda una nueva gama de creatividad y discernimiento, hasta que de manera natural pasó a conformar parte de esa familia psicologíca que todos creamos a lo largo de nuestra vida.



De todo eso ha pasado más de veinte años, Blay es como un padre proyectado, más que como maestro. Su existencia un enigma para mí ya que nunca lo tuve cerca físicamente, "nada de lo que se diga de mi, lo Soy". Dijo en una de sus charlas.


Quería que de una manera u otra estuviese presente en esta casa del árbol, este hogar virtual, que de vez en cuando me sirve de reposo y de calma.



Nació en Barcelona en 1924 y dejó su cuerpo en 1985.



El legado de sus obras es amplio y se puede consultar en cualquier librería.



Aunque desde aquí recomiendo sus cursos grabados, su voz y palabra. El testimonio inmediato de su presencia


"Nunca seré feliz con el amor que reciba. Siempre seré feliz con el amor que dé".



"El único modo que hay para luchar contra la oscuridad, es hacer entrar la luz".

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