martes, 7 de diciembre de 2010

KRISHNAMURTI O LA MEMORIA DEL TIEMPO





Amor, compasión implica inteligencia suprema,
no la inteligencia de los libros, de los eruditos y de la experiencia.
Esa inteligencia es necesaria a cierto nivel;
 pero cuando hay amor, compasión,
lo que existe es la quintaesencia de toda inteligencia.
No puede haber amor y amor sin muerte,
lo cual implica el final de todas las cosas.


Entonces hay creación.


Y ese orden solo puede existir cuando hay suprema inteligencia.
Y esa inteligencia no puede existir sin la compasión, el amor y la muerte.
Esto no es un proceso de meditación sino de investigación profunda.
Una investigación llena de un gran silencio, no “yo estoy investigando”.

Un gran silencio, un gran espacio.


Aquello que es esencialmente amor y compasión y muerte,
es esa la inteligencia, la cual es creación.


La creación existe cuando están presentes la muerte y el amor.
Todo lo demás es invención.


Martes, 23 de julio de 1985
Saanen (Suiza)


*****







Se puede uno imaginar el rostro de la señora Besant cuando el 2 de agosto de 1932 Krishnamurti disolvió la Orden de la Estrella. Atrás quedaban años de locura; de iniciaciones de esoterismos y de kundalinis que se enciendían a diestro y siniestro. Atrás quedó el reino de fantasía más glorioso que el género humano haya vivido. Imitaciones de Tierras Medias, de paisajes de Lewis Carol y los más mundos de Oz que quepa imaginar.

De todo ese tiempo transcurrido desde el nacimiento de Krishnamurti habían pasado ya 37 años; años de locura, de preparar a un señor para que se alzase con el trono del mundo. Una maquinaria cargada de dinero y de pretensiones particulares. Desertores de las divergentes iglesias europeas, místicos herederos del ensueño inglés de Lord Dunsay. Romanticismo infantil proveniente de tierras inglesas donde en esos años se debatía entre la plena revolución industrial y el misticismo tardío que nos llegaba del lejano imperio indio.

Dos personajes primordiales marcan el devenir de la sociedad teosófica; La señora Besant y el clarividente obispo Leadbeater. La primera digna de mis mayores elogios; mujer sincera, luchadora, inteligente e intensamente metafísica en los escritos que nos ha legado, pero por desgracia influenciada por el entorno obsesivo y perturbado de la Sociedad Teosófica.

Del segundo me quedo un antiguo ejemplar que dispongo; referente a los protectores de la naturaleza, lo demás poco se salva de mi biblioteca. Al parecer pretendieron en esta última etapa de la Orden de la Estrella, imitar un portal de Belén vivente. Nada más ni nada menos que en el mismo seno de la sociedad que creara con tanto amor la mítica Señora Blavastky...

Los doce apóstoles, los cuales por dignidad no resaltaré sus nombres y por supuesto la virgen maría; llamada por ellos “La madre del mundo”.

De todo este chiringuito creado con el paso de los años y a cuya sombra creció el joven Krisnhamurti me fascina, como casi siempre me pasa. El descubrimiento y los principios de todo, en este caso el principio de la historia del niño Krishnamurti.

Sucedió este un 10 de febrero de 1909 en Adyar (India). El señor Ledbeater mantenía la costumbre de bajar a bañarse a la playa junto a sus ayudantes. Allí presenció al niño Krisnha que chapoteaba junto a su padre y su hermano Nitya.

A la vuelta, en los bungalows; Ledbeater manifestó al doctor Wood que había presenciado el aura más hermosa que jamás habían contemplado sus ojos. Krishna en aquellos tiempos era un niño desnutrido, delgado y sucio; escuálido y deteriorado. Sus costillas asomaban bajo la piel, manteniendo una tos persistente, sus dientes estaban torcidos y usaba el cabello según la moda de los Brahmines del sur de la india; rasurado la frente hasta la coronilla y cayendo por detrás, en trenza hasta bajo de las rodillas.

¿Quién fue Krishnamurti?

¿Qué magnetismo expandía, que era capaz de seducir a científicos artistas, reyes y pensadores?


Su tremenda sinceridad, su estar en el presente, su voz directa y sencilla. Su penetrante visión de cuanto nos rodea y la experiencia de quien ha padecido mucho lo señalan como el gran maestro de los últimos tiempos.

La gran personalidad que mantuvo durante noventa años; impávido e inmutable a su doctrina, franqueza, dignidad, autenticidad y un lenguaje incomparable y preciso. Lo definen dentro del marco de las pocas celebridades que han conseguido conservarse, en los últimos años, incorruptiblemente en la cima del conocimiento.

Aquel que una tarde de agosto se atrevió a disolver, a bajar de un trono, una sombra que desde niño se le había impuesto; nada más y nada menos que el de ser el instructor del mundo; Un Christo para la nueva era que se avecinaba.

En esa tarde de Agosto en Omenn (Holanda) ante 3.000 personas, Krisnhamurti no conquistó el mundo pero si se conquistó así mismo.






Yo sostengo que la verdad es una tierra sin caminos,

Siendo imposible acercarse a ella por ningún sendero,

por ninguna religión, por ninguna secta.





Del discurso de disolución de la Orden de la Estrella.


2 de Agosto de 1932






1 comentario:

  1. Jiddu Krishnamurti y Nitya.

    Mi hermano ha muerto;
    éramos como dos estrellas en un cielo desnudo.
    Él era igual que yo:
    la piel tostada por el cálido Sol
    en la tierra de suaves brisas,
    oscilantes palmeras,
    y ríos de agua fresca;
    donde son innumerables las sombras,
    y hay cotorras y papagayos de vivos colores.
    Donde las copas verdes de los árboles
    danzan bajo la refulgente luz del Sol;
    donde hay dorados arenales
    y mares de color verde azulado:
    donde el mundo vive bajo el peso del Sol,
    y la tierra cocida es marrón mate;
    donde el arroz verde
    centellea cautivador en las aguas limosas,
    y los cuerpos tostados, desnudos, brillan
    libres en el resplandor deslumbrante.
    La tierra
    de la madre que amamanta a su hijo al borde de la carretera;
    del devoto amante
    que trae en ofrenda vistosas flores;
    del santuario a la orilla del camino;
    de intenso silencio;
    de paz inmensa.
    Murió;
    lloré en soledad.
    Allá adonde iba, oía su voz
    y su risa alegre.
    Buscaba su rostro
    en cada caminante
    y a cada uno preguntaba si había visto a mi hermano;
    pero ninguno de ellos podía darme consuelo.
    Rogué,
    recé,
    mas los dioses guardaban silencio.
    No me quedaban ya lágrimas;
    no me quedaban sueños.
    Lo busqué en todas las cosas,
    en todos los países.
    Lo oía en el susurro unísono de los árboles
    llamándome a su morada.
    Y luego,
    en mi búsqueda,
    apareciste Tú,
    Señor de mi corazón;
    sólo en Ti
    vi el rostro de mi hermano.
    Sólo en ti,
    mi eterno Amor,
    veo los rostros
    de todos los vivos y de todos los muertos.

    El Canto de la Vida, 1931.
    Krishnamurti 100 años de Sabiduría, Evelyne Blau.
    http://seaunaluzparaustedmismo.blogspot.com/

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